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JUEGO
PELIGROSO
Sus casi treinta años no la liberaban de un nefasto
infantilismo que otrora fuese candor. Había cambiado “El
Principito” por “El Príncipe”, las palomas de Picasso por una
minuciosa colección de cerámica que ella misma modelaba cuando los niños
iban de pesquería con su padre.
Piedras, botones rescatados de
chalecos antiguos, perlas diminutas, ojos azules de muñecas
ciegas; todo, meticulosamente ordenado, limpio, reparado, formaba el
“toque final” de la colección de lechuzas que anidan en sus manos cálidas
que simulan alas.
Le gusta hablarles, de vez en cuando, y las limpia
todos los días aunque no le sobre tiempo para el baño de los chicos y
el mate de Ernesto.
Cuando los niños protestan por la decoración de la
casa, tan llena de ojos depredadores y alas abiertas, Ernesto sonríe y
les dice: “No se asusten, son los pájaros que tiene su madre en la
cabeza”.
Ella juega a veces, con los chicos. Les cuenta
cuentos que inventa para que pierdan el sueño, “porque no le nacen
alas ni ven en la oscuridad los que mucho duermen”, les
dice.
Pero por sobre todo a ella le gusta jugar a solas.
Tiene debilidad por ver el efecto de una broma pesada sin que nadie
sospeche su responsabilidad. Para eso cambió algunos artefactos lúdicos
del siglo pasado por uno nuevo: el teléfono.
Cierto que el invento del teléfono no es la novedad
del siglo XXI, pero ella vive en un pueblo tan olvidado por la ciencia,
que todo está un siglo atrás, tanto, que allí se ha prohibido el
ingreso de unas máquinas llamadas computadoras por tratarse de un raro
invento que osa destruir la importancia de las personas importantes,
convirtiéndose en novedad y centro de admiración, además de
adelantar, como todo lo exótico, el advenimiento del Apocalipsis... que
allí no llegará nunca, porque están muy lejos de los dominios de
Dios.
Pero por ahora ha llegado el teléfono, un espléndido
juguete para Ana. Probó, con él, todos los juegos posibles, pero
prefirió el que terminara en la tragedia de aquel Martes 13.
Hay otro detalle: ella tiene, talvez importada de
alguna ciudad en sus años de estudiante, una admirable cultura
cinematográfica.
Encontró la víctima apropiada el lunes en la
escuela, cuando llevó a los chicos. Joven, perfumada, maquillaje al
punto del exceso, y unos ojos azules cuya luminosidad delataba una
ingenuidad propicia para el juego pesado: la maestra de Andrés, el más
pequeño.
“En la noche planificará sus clases, corregirá
cuadernos y se desvelará por alguien –pensó mirándola con cierto
disimulo-. Sí, esas mujercitas lo más complejo que tienen en la cabeza
es el amor... algo tan simple.”
Ernesto se duerme como un tronco tras una dosis de
cariño no muy fuerte y los chicos se van temprano a la cama. El teléfono
está en la cocina.
A las dos de la mañana la maestra de Andrés
dormitaba en el sofá de la única pensión del pueblo, esperando una
llamada que debió llegar a las diez. Por eso atendió entre la
indignación y el ensueño y se fue a la cama sin ilusión ni
sobresalto: alguien a esa hora, talvez no tenía lo qué hacer.
Al otro día analizó un poco más lo que había
escuchado, ya bastante insegura de que fuera real. Se lo contó a una
colega, que no lo tomó en serio.
Cayó repentinamente en depresión porque a lo largo
del día la frase daba vueltas en su cabeza: “elegiste el amor
letal: su aliento enferma, su olvido mata”. Pero intentó
reforzar el argumento de su colega para restarle trascendencia: los
adolescentes del pueblo en la madrugada usan el teléfono de la plaza
para decir tonterías a cualquier persona.
Era miércoles y la noche la encontró con un extraño
dolor de cabeza y sin poder dormir. Él no la llamó otra vez, a pesar
de todo lo que la hizo soñar el domingo, cuando fue tan cariñoso.
A las dos atendió el teléfono de la pensión.
Ninguna otra persona estaría despierta. El jueves fue lo mismo, con la
diferencia que se durmió en el sofá de la sala después del llamado.
El viernes por la mañana, notó que una rugosidad
nacía sobre su piel, dibujándole una especie de nubes espesas y
símbolos extraños, desde el sexo hacia el resto. Hora tras hora,
minuto a minuto, aquello la iba envolviendo como un ajustado
crochet tejido sobre su cuerpo.
Ana volvió a casa con Andrés porque la maestra no
concurrió sin hacer ningún aviso.
No hizo ninguna especulación pues su juego, que
consistía en llamarla y decirle frases premeditadamente tenebrosas, no
era más que eso: un juego. Ningún efecto específico se proponía con
ello, aunque se moría de ansiedad por descubrir algún efecto.
Los chicos pasan el fin de semana en la estancia de
los abuelos y Ernesto se fue de pesquería con unos amigos.
Ana separó ojos multicolores para lechuzas frescas.
Se hizo una muy grande y oscura. La miró aún sin los ojos puestos
mientras fumó un cigarrillo. Soltó de pronto una carcajada. Luego
murmuró sacudiendo la cabeza: “¡Qué tonterías piensa una!”
La maestra de Andrés caminaba despacio y respiraba
con dificultad en su cuarto. Llegó penosamente hasta el sofá de la
sala para esperar la llamada. Sus ojos azules estaban desencajados de
los párpados como si fueran a salir de repente y rodar como cuentas por
el piso.
Vio la luna redonda justo frente a la ventana, parecía
estar allí, del otro lado, a la altura del ligustro. La maestra recordó
con cierta ternura: “redonda, Andrés... redonda es la luna llena”.
La llamada cayó como en las otras noches y ella
levantó el tubo escuchando hasta la última palabra. Luego colgó.
Sábado y domingo no fueron distintos, y el lunes la
directora de la escuela se alarmó por su misteriosa ausencia.
Ana había resuelto que los chicos quedaran un día
más en lo de sus padres, ya que a pesar de amar a su familia, los
momentos de soledad eran maravillosos e indesperdiciables.
El martes, “¡Martes 13!” se quejó Ernesto
cansado del viaje al mirar el calendario, la directora comunicó la súbita
muerte de la joven maestra. “No tenía familia y había empezado a
salir con el dueño del supermercado. Ese extranjero recién llegado que
me parece algo raro”, comentó la madre de otro alumno a
Ana en el pequeño homenaje realizado en la escuela.
El ataúd estaba cerrado y lacrado por orden
policial.
Ana se retiró silenciosamente después que escuchó
al comisario: “Tenía imágenes extrañas en el cuerpo y le
faltaban los ojos”.
Esa
noche ya estaban todos en casa y cenaron unidos y callados ante los ojos
azules y vigilantes de la lechuza mayor.
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