PÁJAROS SECRETOS

                                    Karina Romero

     

      A MI  MADRE    

(In Memoriam)    

 

 

JUEGO PELIGROSO

 

Sus casi treinta años no la liberaban de un nefasto infantilismo que otrora fuese candor. Había cambiado “El Principito” por “El Príncipe”, las palomas de Picasso por una minuciosa colección de cerámica que ella misma modelaba cuando los niños iban de pesquería con su padre.

Piedras, botones rescatados de  chalecos antiguos, perlas diminutas, ojos azules de muñecas ciegas; todo, meticulosamente ordenado, limpio, reparado, formaba el “toque final” de la colección de lechuzas que anidan en sus manos cálidas que simulan alas.

Le gusta hablarles, de vez en cuando, y las limpia todos los días aunque no le sobre tiempo para el baño de los chicos y el mate de Ernesto.

Cuando los niños protestan por la decoración de la casa, tan llena de ojos depredadores y alas abiertas, Ernesto sonríe y les dice: “No se asusten, son los pájaros que tiene su madre en la cabeza”.

Ella juega a veces, con los chicos. Les cuenta cuentos que inventa para que pierdan el sueño, “porque no le nacen alas ni ven en la oscuridad los que mucho duermen”, les dice.

Pero por sobre todo a ella le gusta jugar a solas. Tiene debilidad por ver el efecto de una broma pesada sin que nadie sospeche su responsabilidad. Para eso cambió algunos artefactos lúdicos del siglo pasado por uno nuevo: el teléfono.

Cierto que el invento del teléfono no es la novedad del siglo XXI, pero ella vive en un pueblo tan olvidado por la ciencia, que todo está un siglo atrás, tanto, que allí se ha prohibido el ingreso de unas máquinas llamadas computadoras por tratarse de un raro invento que osa destruir la importancia de las personas importantes, convirtiéndose en novedad y centro de admiración, además de adelantar, como todo lo exótico, el advenimiento del Apocalipsis... que allí no llegará nunca, porque están muy lejos de los dominios de Dios.

Pero por ahora ha llegado el teléfono, un espléndido juguete para Ana. Probó, con él, todos los juegos posibles, pero prefirió el que terminara en la tragedia de aquel Martes 13.

Hay otro detalle: ella tiene, talvez importada de alguna ciudad en sus años de estudiante, una admirable cultura cinematográfica.

Encontró la víctima apropiada el lunes en la escuela, cuando llevó a los chicos. Joven, perfumada, maquillaje al punto del exceso, y unos ojos azules cuya luminosidad delataba una ingenuidad propicia para el juego pesado: la maestra de Andrés, el más pequeño.

“En la noche planificará sus clases, corregirá cuadernos y se desvelará por alguien –pensó mirándola con cierto disimulo-. Sí, esas mujercitas lo más complejo que tienen en la cabeza es el amor... algo tan simple.”

Ernesto se duerme como un tronco tras una dosis de cariño no muy fuerte y los chicos se van temprano a la cama. El teléfono está en la cocina.

A las dos de la mañana la maestra de Andrés dormitaba en el sofá de la única pensión del pueblo, esperando una llamada que debió llegar a las diez. Por eso atendió entre la indignación y el ensueño y se fue a la cama sin ilusión ni sobresalto: alguien a esa hora, talvez no tenía lo qué hacer.

Al otro día analizó un poco más lo que había escuchado, ya bastante insegura de que fuera real. Se lo contó a una colega, que no lo tomó en serio.

Cayó repentinamente en depresión porque a lo largo del día la frase daba vueltas en su cabeza: “elegiste el amor letal: su aliento enferma, su olvido mata”. Pero intentó reforzar el argumento de su colega para restarle trascendencia: los adolescentes del pueblo en la madrugada usan el teléfono de la plaza para decir tonterías a cualquier persona.

Era miércoles y la noche la encontró con un extraño dolor de cabeza y sin poder dormir. Él no la llamó otra vez, a pesar de todo lo que la hizo soñar el domingo, cuando fue tan cariñoso.

A las dos atendió el teléfono de la pensión. Ninguna otra persona estaría despierta. El jueves fue lo mismo, con la diferencia que se durmió en el sofá de la sala después del llamado.

El viernes por la mañana, notó que una rugosidad  nacía sobre su piel, dibujándole una especie de nubes espesas y símbolos extraños, desde el sexo hacia el resto. Hora tras hora, minuto a minuto, aquello la iba envolviendo como un ajustado  crochet tejido sobre su cuerpo.

Ana volvió a casa con Andrés porque la maestra no concurrió sin hacer ningún aviso.

No hizo ninguna especulación pues su juego, que consistía en llamarla y decirle frases premeditadamente tenebrosas, no era más que eso: un juego. Ningún efecto específico se proponía con ello, aunque se moría de ansiedad por descubrir algún efecto.

Los chicos pasan el fin de semana en la estancia de los abuelos y Ernesto se fue de pesquería con unos amigos.

Ana separó ojos multicolores para lechuzas frescas. Se hizo una muy grande y oscura. La miró aún sin los ojos puestos mientras fumó un cigarrillo. Soltó de pronto una carcajada. Luego murmuró sacudiendo la cabeza: “¡Qué tonterías piensa una!”

La maestra de Andrés caminaba despacio y respiraba con dificultad en su cuarto. Llegó penosamente hasta el sofá de la sala para esperar la llamada. Sus ojos azules estaban desencajados de los párpados como si fueran a salir de repente y rodar como cuentas por el piso.

Vio la luna redonda justo frente a la ventana, parecía estar allí, del otro lado, a la altura del ligustro. La maestra recordó con cierta ternura: “redonda, Andrés... redonda es la luna llena”.

La llamada cayó como en las otras noches y ella levantó el tubo escuchando hasta la última palabra. Luego colgó.

Sábado y domingo no fueron distintos, y el lunes la directora de la escuela se alarmó por su misteriosa ausencia.

Ana había resuelto que los chicos quedaran un día más en lo de sus padres, ya que a pesar de amar a su familia, los momentos de soledad eran maravillosos e indesperdiciables.

El martes, “¡Martes 13!” se quejó Ernesto cansado del viaje al mirar el calendario, la directora comunicó la súbita muerte de la joven maestra. “No tenía familia y había empezado a salir con el dueño del supermercado. Ese extranjero recién llegado que me parece algo raro”, comentó la madre de otro alumno a Ana en el pequeño homenaje realizado en la escuela.

El ataúd estaba cerrado y lacrado por orden policial.

Ana se retiró silenciosamente después que escuchó al comisario: “Tenía imágenes extrañas en el cuerpo y le faltaban los ojos”.

Esa noche ya estaban todos en casa y cenaron unidos y callados ante los ojos azules y vigilantes de la lechuza mayor.